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El Gasto en Transferencias: ¿Qué tanto pesa China?



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El fútbol es un negocio. La frase no es nueva, ni debería sorprender. Pero por alguna razón, cada cierto tiempo, cuando sucede algo que toca el corazón, se recuerda a todos que el “fútbol es un negocio”. El despido de Ranieri es uno de los más recientes detonantes del amor por el pasado. Como si antes no lo hubiese sido. El fútbol inglés legalizó el profesionalismo en 1885. Ya ha pasado su tiempito.
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El Fútbol, el negocio y la emoción del hincha


Nada suaviza más una mañana de lunes que la victoria del equipo del alma durante el fin de semana. El fútbol, como pocas actividades humanas, tiene esa particular capacidad de producir alegrías y tristezas infinitas. Hasta a los profesionales de las finanzas parece afectar.

En Europa, entre 2007 y 2009, había 23 equipos de fútbol listados en bolsa de valores. Con base en estos datos, Castellani, Pattitoni y Patuelli, profesores de la Universidad de Bologna, evaluaron en un reciente artículo el impacto que el estado de ánimo de los inversionistas tiene sobre el precio de la acción.

En efecto, midiendo el impacto sobre el precio de la acción como la diferencia entre el retorno de la acción del equipo respecto al retorno agregado de la bolsa, encuentran que mientras una victoria empuja hacia arriba las acciones, una derrota las desvaloriza. Pero la derrota duele más del doble.

El resultado se enmarca en la conocida aversión a la pérdida que afirma que los individuos tienen tendencia a evitar pérdidas más que a obtener ganancias. Lo curioso es que este comportamiento no suele darse en profesionales de las finanzas acostumbrados al riesgo. Una única derrota no debería llevar a una caída de la acción de tal magnitud. La explicación, que no se discute en el artículo, podría ser que el fútbol y los sentimientos que genera son más difíciles de controlar, aun para los profesionales.

Los autores también encuentran que el empate tiende a desvalorizar las acciones por un monto similar a la valorización que genera una victoria. Entre los demás resultados del artículo destaca aquello que los hinchas conocen bien: no hay nada que duela más que una derrota en casa. Perder en casa impacta negativamente la acción un 26% más que cuando se pierde en campo ajeno. Curiosamente muestran que una victoria en torneo de liga vale más que en la Champions (el doble), pero una derrota en Champions League duele más que una derrota en liga. Y es que la ilusión de obtener una Champions es insuperable para el hincha.

El artículo en cuestión me vino a la cabeza leyendo las declaraciones del señor Cadena, dueño del Cúcuta en Colombia, cuando decía que el fútbol es un negocio. Que lo sea, es debatible. Pero si lo es, éste no consiste en comprar 2, 3 ó 4 equipos, descenderlos, venderlos y ganarse unos pesos. El fútbol, lo demuestra el artículo anterior, va más allá del negocio. Incorpora sentimientos de ciudades enteras que deben respetarse, sea negociante o no el dueño nominal del equipo. Los directivos pasan, las instituciones quedan. Así algunos hagan todo lo posible por desaparecerlas.

El fútbol en altura: Más mito que realidad


Jugar en altura, por encima de los 2,500 metros aproximadamente, siempre ha sido un reto para los futbolistas que no están acostumbrados a ello. Nadie pone en duda que tiene algún impacto físico y para corroborar tal hipótesis hay suficientes análisis médicos que corroboran diferentes efectos en el cuerpo humano.

El fútbol, siendo un deporte global se juega en todo tipo de condición climática. No sólo hay fútbol a los 4,000 mts. de La Paz. También en la humedad de Barranquilla, en el frío del Norte de Europa y hasta mundial habrá en el desierto de Qatar. ¿Existe evidencia que sugiera que aquellos que están acostumbrados a algún tipo de situación extrema realmente se benefician?

La Copa Libertadores es quizás el torneo indicado para establecer si la altura realmente da algún tipo de ventaja. Desde que inició el torneo en 1960, sólo un equipo cuya sede quede por encima de los 2,500 metros de altura ha quedado campeón: la LDU de Quito en 2008. Manizales, recordemos, está a unos 2,160 metros de altura. Es decir, en términos de victorias relevantes, jugar por encima de los 2,500 metros apenas si da réditos.

Lo anterior, por supuesto, es apenas evidencia casual. No sólo no ganan los equipos que ganan en la altura, sino que apenas si ganan lo equipos que no son de Argentina, Brasil o Uruguay, considerando este último desde una perspectiva histórica.

Hay diversos trabajos académicos que utilizando datos de selecciones intentan establecer enlaces causales entre la altura y la probabilidad de victoria. Éstos, analizando datos de selecciones suramericanas desde 1900 o basados en datos de las eliminatorias de 1998, 2002 o 2006, suelen ligar el resultado de un partido como función de la altura (o el cambio de altura) y diferentes controles que también pudiesen afectar el resultado. En general los resultados sugieren, aunque de manera inconclusa, que la altura no tiene ningún impacto en el resultado de un partido.

En un trabajo reciente que publiqué en el Journal of Quantitative Analysis in Sports, evalué el tema de la altura utilizando datos de la Copa Libertadores de 2013. La literatura económica que se enfoca en el comportamiento del ser humano sentó las bases a evaluar. Traslados al fútbol, tal literatura sugiere que los individuos tienen una idea preconcebida de lo que deben esperar en cierta situación. Esto se denomina el punto de referencia: aquel en el que por experiencia propia o ajena, el jugador asume que jugar en altura representa un reto físico y/o psicológico y debido a ello no podrá desempeñarse como lo haría en circunstancias normales. Ello explicaría que en tales circunstancias se comportarán de manera más conservadora.

Para corroborar tal hipótesis comparé la efectividad de los pases que ejecutan los jugadores de equipos cuya sede se ubica a menos de 2,500 metros cuando juegan de visitante en estadios ubicados por encima de ese nivel relativo a cuando juegan de visitante en estadios ubicados por debajo de ese nivel. Por ejemplo, se compara la precisión en el pase de un jugador del Corinthians (cuyo estadio queda a menos de 2,500 metros) cuando juega en Bogotá vis a vis un partido en Tijuana. Esta estrategia elimina, además, el efecto de la localía.

En resumen, la ideas es establecer si esa pequeña diferencia que se observa en la gráfica de abajo es estadísticamente significativa. Es decir, si es relevante desde un punto de vista estadístico y futbolístico.

Copa Libertadores 2013: Altura

 

Son varios los resultados que se discuten en el documento en cuestión, pero aquí me enfocó en el principal. Un jugador (de un equipo cuya sede está ubicada a menos de 2,500 metros sobre el nivel del mar) es un 5,6% más efectivo en el pase cuando juega en altura que cuando juega por debajo de los 2,500 mts. Esto implica una mejora de unos cuatro puntos porcentuales respecto a la media.

La mayor precisión que se detecta cuando se juega en altura no se observa cuando ese jugador realiza pases en el campo del rival. Es decir, el resultado se explica por la mayor precisión del jugador en el campo propio.

Estos resultados nos devuelven al argumento original. Los jugadores (y las mismas estrategias) se adaptan. Cuando atacan, cuando pisan el campo rival, no hay diferencia en la precisión en el pase. Los jugadores arriesgan igual tanto en altura como a nivel del mar. Sin embargo, cuando están jugando (siempre de visitante) por encima de los 2,500 metros, se vuelven más conservadores, aseguran más el pase. El punto de referencia que definimos arriba entra en juego y lleva al jugador a tener una mayor consciencia sobre el destino del  balón. Perder el balón en campo contrario siempre será menos arriesgado que perderlo en campo propio. Las opciones de reorganizar la defensa son mayores. Pero perderlo en campo propio, y además en altura, implica un esfuerzo extra que puede tener importantes consecuencias negativas. De forma preconcebida, cuando el balón está en campo propio, el destino del balón se precia más.

El trabajo, siempre abierto a extensiones, sugiere que un equipo no gana por la altura. Tampoco pierde. Un equipo y sus jugadores se adaptan a jugar de una manera diferente que hace que las diferencias, al final, sean fruto de la calidad de cada equipo, no de los factores externos, sea lluvia, sol, pasto alto, cancha embarrada …. o la altura.

 

Tres puntos por victoria: ¿Un experimento útil?


Ganar un partido da tres puntos. Actualmente se toma como dado. Pero no siempre fue así. De hecho, durante buena parte del Siglo XX el fútbol en todo el mundo otorgaba dos puntos por victoria. Pero todo comenzó a cambiar cuando al iniciar la temporada inglesa de 1981 – 82 se decidió otorgar al vencedor tres puntos en lugar de dos.




La racionalidad de tal medida era que un punto adicional por victoria llevaría a los equipos a tomar una actitud más ofensiva, lo cual generaría a su vez mayores asistencias. Y es que a principios de los años ochenta, si bien el fútbol inglés dominaba Europa, las perspectivas no eran las mejores. Bert Millichip, recién llegado a la Federación Inglesa (FA), planteó desde su primer discurso dos problemáticas que no lo dejaban dormir: (i) el fenómeno del hooliganismo y (ii) lo obsoleto que eran los estadios ingleses. Sobre el punto primero, reconoció que no sabía que hacer. Las tragedias relacionadas con el fenómeno que recorrieron Inglaterra y Europa a lo largo de los ochenta le darían la razón al dirigente inglés. Sobre el segundo tema le preocupaba sobremanera lo oneroso que resultada renovar los viejos estadios ingleses. Los costos, afirmó, lo hacían prohibitivo.

El público, quizás consciente de la importancia de los dos puntos que cito Millichip, había dejado de asistir a los estadios. La liga inglesa tocó fondo en la temporada 1980-81 al registrarse los peores promedios de asistencia de público desde la Segunda Guerra Mundial.

Jack Dunnet, también nuevo en la presidencia de la Liga Inglesa, coincidió parcialmente con Millichip. Los estadios viejos, dijo, efectivamente frenan la llegada de aficionados, pero sólo de aquellos ocasionales. Un equipo con estadio bello y hermoso no lograría llenarlo si sus resultados deportivos son desastrosos. Los dos, Dunner y Millichip, coincidieron en lo básico: El hincha no acudía al estadio porque el espectáculo que se ofrecía era pobre: más allá del resultado, poco importaba.

Con esta premisa decidieron realizar, como lo calificó Dunnet, un “experimento”. El objetivo era comprobar si al otorgarse un punto adicional por victoria se lograría dar mayor entretenimiento al fútbol inglés. Lo más interesante del experimento inglés es que nunca se hizo una evaluación ex-post (al menos pública) para ver si había logrado su efecto primario: más goles como indicador de mayor entretenimiento. Y lo realmente curioso es que aún sin esa evaluación, eventualmente el resto del mundo la copió.

En la liga inglesa, entre 1950 y 1960 se marcaron 3,42 goles por partido. Fueron 3,14 entre 1960 y 1970 y 2,5 entre 1970 y 1981. El descenso de goles era evidente. El impacto positivo no es particularmente evidente. Entre 1981 y 1992 se marcaron en promedio 2,6 goles por partido. Fueron 2,59 goles por partido entre 1992 y 2000 y 2,64 entre 2000 y 2005.

A pesar de que el resultado era, cuando menos cuestionable, la FIFA anunció en 1993 que a partir del Mundial de Estados Unidos 1994 se premiaría la victoria con 3 puntos. Adicionalmente, el 11 de noviembre de 1994, FIFA emitió una directiva ordenando tres puntos por victoria en todas las ligas. El Calcio italiano introdujo la medida en 1994-95, Colombia en 1995 y la Liga Española, así como la Alemana y la Portuguesa en 1995-1996. En Italia si pareció funcionar. Se pasó de 2,45 goles por partido en el período 1990 a 1994, a 2,61 goles en el período 1994 – 2000. En España también aumentó la cifra de goles por partido. Fueron 2,44 goles por partido entre 1990 y 1995. Entre 1995 y 2005 se marcaron 2,67 goles por partido.

Estas, sin embargo, son cifras descriptivas. Es difícil llegar a una conclusión clara sobre los efectos negativos o no del cambio de norma. Hay sin embargo algunos estudios que han realizado el ejercicio estadístico de manera formal. En 2009, Diger y Geyer publicaron en el Journal of Sports Economics un documento sobre los efectos de la medida en la Bundesliga. Utilizan datos del período comprendido entre 1985-86 y 2004-05 de la Liga y la Copa. La idea de utilizar datos de Copa es que asumen que la única diferencia en el tiempo entre ambos torneos es la regla de tres puntos pues, al ser la Copa un sistema de eliminación directa, esa regla no es relevante. Encuentran como resultado más interesante que el número de empates a cero en Liga cayó de 8,17% a 6,93%, mientras que en la Copa hubo una caída, pero no fue diferente en sentido estadístico. Esto, combinado con una caída registrada en los empates a cero en Liga sugieren que la medida de tres puntos si funcionó en Alemania. Los resultados los corroboran con técnicas estadísticas de diferencia en diferencias. Es decir, la medida habría funcionado en Alemania. Sin embargo, en 2014, Hon y Parinduri publicaron en la misma revista un ejercicio donde evalúan si la medida llevó a un incrementó en el número de goles en Alemania. Los resultados son negativos. Lo más que encuentran es que la regla de los tres puntos aumentó el número de goles marcados por equipos que iban perdiendo el partido en el primero tiempo.

En 2014, en su libro Beatiful Game Theory, Palacios-Huerta hizo un ejercicio similar para la Liga Española. Encuentra que efectivamente cayó el número de empates y que la iniciativa de ataque aumentó en España. Es decir, hubo más tiros al arco y más tiros de esquina. Pero, como efecto no deseado, el número de falta aumentó. El efecto neto es que el número de goles no aumentó.

En resumen, los ingleses cambiaron, y el mundo los siguió. Pero no hay evidencia concluyente de que la medida haya logrado los efectos deseados. En cualquier caso, tampoco hay evidencia que indique que la medida haya perjudicado el espectáculo. Así que por ahora la victoria seguirá valiendo tres puntos. Cabe preguntarse ¿Habría efectos sobre el número de goles por partido si ganar un partido supusiese cuatro puntos en lugar de tres?

El ‘boom’ de las estadísticas en el fútbol


Brasil 2014 fue, sin lugar a dudas, el mundial de las estadísticas. Teníamos a la mano desde los ‘mapas de calor, a los kilómetros recorridos por Messi, James y Robben. Aquí en Gol y Fútbol tuvimos minutos después de terminado el partido un completo resumen ejecutivo de los principales indicadores que había dejando cada encuentro. Es la culminación de un proceso que arrancó hace ya varios años y que creo que vale la pena hacer el recuento aquí. Se basa esta entrada en una columna que saque antes del mundial para un periódico de estudiantes de economía.

El fútbol, no cabe duda, es una de las grandes actividades económicas del mundo moderno. La consultora Deloitte, hace ya unos años, estimó que el fútbol sería en sí mismo la economía número 17 del mundo. Algunos cálculos sencillos me llevaron alguna vez a estimar que el fútbol sería una de las primeras 25 economías del mundo. Más o menos al nivel de una economía como la belga o la noruega. Cualquier sea el resultado,  la conclusión es que el fútbol mueve mucho dinero y de ahí el interés que genera, por ejemplo, un mundial de fútbol.

A pesar de la importancia del deporte rey como agente económico entre el gran público poco se entiende de la relación entre el deporte y la economía, entendida ésta última como ciencia social. Quizás algunos se sorprendan al comprobar que tal relación entre fútbol y academia nació hace más de cuatro décadas.

La historia comienza con Charles Reep, contador y coronel de la Real Fuerza Aérea del Reino Unido quien tuvo la suerte de asistir, en 1933, a dos charlas ofrecidas por el capitán del Arsenal de Herbert Chapman sobre el método y funcionamiento del innovador módulo táctico conocido como la WM. Reep quedó prendado de aquellas detalladas explicaciones. Tal vez ello explique su decepción cuando, tras su regreso de Alemania, donde había estado apostado durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, comprobó que la WM, ya entonces la estrategia dominante en Inglaterra y el mundo entero, no estaba siendo implementada como Jones, Capitán del Arsenal, la había descrito durante aquellas sesiones del año 33.

Decidido a demostrar las falencias del fútbol de entonces, Reep entendió que sólo podía hacerlo desde los números. Así que el 18 de marzo de 1950 comenzó a recolectar datos de los ataques del Swindon en la segunda parte de su partido contra el Bristol Rovers. Su esfuerzo se vería recompensado en 1968 cuando publicó junto a Bernard Benjamin, quien luego sería Presidente de la Royal Statistical Society, un artículo en el Journal of the Royal Statistical Society. Utilizando datos recolectados entre 1953 y 1967, el objetivo era identificar patrones predecibles de los diferentes eventos de un partido de fútbol. El artículo sería la base para el fútbol de lo que hoy se conoce como Sports Analytics. Sin una traducción directa en español, se puede definir como el análisis estadístico de datos deportivos en general, del fútbol en particular. El objetivo no es probar empíricamente una teoría. El objetivo es identificar patrones de comportamiento a partir de los números.

Poco a poco los datos recolectados fueron ganando importancia. Hoy los grandes equipos del mundo contratan con empresas la generación de datos que les reportan hasta 1.500 tipos de eventos en un solo partido (disparos, centros, pérdidas, recuperaciones de balón entre otros). Ello requiere profesionales con un alto nivel de preparación para poder extraer información relevante de semejante cantidad de datos. Y así se ha hecho. El Liverpool, por ejemplo, creó en 2012 una nueva posición: Director de Investigaciones. El encargado era un Ph.D. en física teórica.

La estadística aplicada y el manejo de grandes bases de datos tienen hoy día un papel preponderante en el fútbol profesional. La abundancia de datos ha tenido una consecuencia interesante en el mundo académico, en el de los economistas en particular. En la última década tal abundancia ha sido explotada por diversos académicos para contribuir a testear teorías propias de la ciencia económica. Uno de los ejemplos más conocidos es el análisis que diversos investigadores han hecho de los tiros desde el punto penal para estudiar situaciones estratégicas como son las denominadas ‘estrategias mixtas’. La teoría de juegos, sin duda, ha sido uno de las áreas más estudiadas de la economía con base en datos del fútbol.

Otra área, casi natural para enlazar fútbol y economía, es la denominada behavioral economics o economía del comportamiento. Trabajos de reputados economistas han estudiado la presión sicológica en diferentes escenarios, desde el cobro de tiros penal a la decisión de los árbitros de otorgar más o menos tiempo extra según el resultado.

La organización industrial también se ha mostrado particularmente interesada en el fútbol y su funcionamiento. Una liga de fútbol nacional es un cartel legal. Un grupo de agentes se reúnen y coordinan para vender un mismo producto. Dada la animadversión que las agencias regulatorias tienen hacia este tipo de estructuras de mercado, esto no deja de ser una curiosidad académica. En otro ámbito de la organización industrial se ha estudiado la validez del supuesto de maximización de beneficios de la firma respecto a la alternativa de maximizar victorias. Lo segundo, al menos con datos de España e Inglaterra, parece ser el objetivo de un equipo de fútbol.

El fútbol pues, además de la pasión que lleva despertando entre seguidores del mundo entero desde hace más de 100 años, es ahora un área de estudio que va más allá del deporte. También, para diversión de aquellos a los que nos gusta el fútbol y la economía, es un área de interés académica.

Brasil 2014: Más allá de la FIFA


Faltando un mes para inaugurar la Copa del Mundo se hizo evidente que el estadio no estaría listo a tiempo. Entonces se decidió movilizar a 1.500 soldados para colaborar con las obras. El día de la inauguración, había estadio, pero poco más. El terreno de juego y las tribunas estaban preparados más no el palco de prensa. El acceso al estadio tampoco estaba listo. Muchos aficionados debieron caminar varios kilómetros hasta su puesto por falta de accesos adecuados.

La historia es real. Pasó el día que inauguraron el Maracaná. Pero no fue hace un mes o un año. Sucedió en 1950. Viene a colación porque 64 años después Brasil nuevamente tuvo problemas para cumplir con los cronogramas necesarios para cumplir con el Mundial.

Así como los éxitos de Costa Rica enorgullecen a Centroamérica o como los de Colombia motivan en Perú o Ecuador, América Latina tiende a  identificarse con Brasil y espera con ansias que se demuestre que la región sí puede organizar eventos de repercusión mundial. Que somos de verdad economías emergentes.Futbolísticamente, el torneo está siendo un éxito. Incluso, a medida que avanza el mundial, las protestas pierden fuerza mediática, al menos mientras Brasil se mantuvo en el torneo.

Pero detrás queda algo. Esa costumbre tan nuestra, tan latina, de siempre culpar a los demás de nuestra propia incapacidad. La FIFA, no voy a ser yo quien la defienda, es una organización que, por decir lo menos, carece de la transparencia necesaria en buena parte de sus decisiones. Pero los sobrecostos en los que incurrió Brasil para organizar el Mundial de Fútbol no son culpa de la FIFA.

Para organizar un mundial, la FIFA no exige más que ocho ciudades sede. Alemania en 2006, antes de la gran crisis del 2008, lo hizo en doce. Brasil, que apenas competía contra una débil candidatura colombiana por ser el anfitrión en el 2014, presentó una propuesta con 18 sedes. Al final, tras meses de discusión, las redujeron a 12. El Alcalde de Rio reconoció poco antes de comenzar el Mundial que hacerlo en 12 sedes había sido un error.

Los estadios de Sur África (10 en 9 ciudades) costaron €1.000 millones. Los de Alemania €1.500. Los de Brasil €2.500. El presupuesto original se había cifrado en €1.650 millones. Los sobrecostos no son culpa de la FIFA. Ellos manejan el estadio durante el torneo, pero no lo construyen. Los sobrecostos tiene un nombre que todos conocemos bien en América Latina. La hija de Joao Havelange, presidente de la FIFA antes de Blatter entre 1974 y 1998, lo reconoció días antes del mundial. Pidiendo mostrar “el Brasil más lindo”, argumentó que ya no tenía sentido manifestarse: “lo que había que ser gastado, robado, ya fue”.

Brasil, construyó ‘elefantes blancos’ sabiéndolo de antemano. El estadio de Manaos, incluyendo los campos de entrenamiento, costó US$286 millones. Tiene una capacidad de 40.549 aficionados que parecen más que suficiente para atender la demanda de fútbol local: 500 espectadores por partido. En Brasilia el estadio costó el doble de lo presupuestado. Tiene capacidad para 70.000 espectadores pero no hay equipo ni en primera ni en segunda división. No extraña que los encargados de prisiones en la Amazonia brasilera propusieran el estadio de Manaos como cárcel. No tuvo acogida la propuesta; su futuro sigue siendo incierto.

Pero no sólo estadios es un mundial. En Manaos y en São Paulo se haría un monorriel. Habría un tren bala entre Rio y São Paulo. En 2012 la Presidenta Rousseff anunció la construcción de 800 aeropuertos. En junio de 2014 estaban corriendo para concluir al menos los de las ciudades sede del Mundial. Mucho queda aún por hacer.

En total, las cifras del mundial, se dice, alcanzaron los US$11.000 millones. La cifra, por supuesto, muy superior a lo presupuestado. Pero Brasil está haciendo el Mundial y desde el alto gobierno comienzan a cobrar contra aquellos que pronosticaban una fatalidad en la tierra de la samba.

Brasil, como mayor potencia económica de la región, está demostrando que sí era posible comprometerse con eventos de semejante magnitud. Pero también revela ante el mundo los problemas endémicos de la región: corrupción, falta de organización, incapacidad para estructurar eficientemente los grandes proyectos y la bendita manía de echarle la culpa de nuestro atraso a los de afuera.

La FIFA, cuyos manejos oscuros son en cualquier caso vox populi,resultó el perfecto conejillo de indias. Las protestas, el FIFA go home, no son más que un reflejo de ello. No se pregunta por el destino del dinero que se fue en sobrecostos. La culpa es del de afuera.

Las escuelas, los hospitales y las carreteras igual no se harían con la plata del mundial. Como tampoco se hicieron escuelas, hospitales y carreteras cuando, con esa justificación, Colombia desistió del Mundial de 1986. La FIFA para sus torneos pide una infraestructura del primer mundo. Quizás es a eso a lo que deberíamos apuntar. A ser candidatos a organizar un mundial sin necesidad de hacerlo. La falta de escuelitas es culpa nuestra, no de los demás.