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Riqueza y títulos en el Fútbol de Colombia


Es mejor ser rico que pobre.  La sabiduría de Pambelé, ídolo del boxeo colombiano de los años setenta caído en desgracia, es lección de vida, del deporte y del fútbol en particular.

Por mucho tiempo la relación positiva entre éxito y riqueza ha sido una constante en el fútbol mundial. Colombia, por supuesto, no es la excepción. Aun siendo una liga de pocos recursos, la diferencia entre los equipos ricos y pobres es considerable.

Arrancando el primero torneo de la Liga Águila de 2016 vale la pena repasar cuales son los favoritos basado en criterios tan sencillos como el valor de su plantilla. De acuerdo a cifras de transfermarket, el 2016 arranca con el Nacional como equipo más poderoso, con una plantilla valorada en £13.65 millones, al cambio de hoy poco menos de 64 mil millones de pesos colombianos. El equipo con la plantilla más modesta es Alianza Petrolera valorada en £1.8 millones, cerca de 8 mil 500 millones de pesos. Es decir, el avalúo de la plantilla verdolaga es 7.5 veces la del conjunto petrolero. Tras el Nacional, le siguen –aunque lejos- en valor de mercado, Medellín, Santa Fe, Millonarios y Junior.

Si nos atenemos a la tendencia general, estos son los favoritos al título del primero semestre del 2016. Pero Colombia es particular. Con un torneo por semestres, donde además el título se otorga tras unos pocos partidos de eliminación directa o cuadrangulares (según el estado de ánimo de la dirigencia), cualquiera puede ganar.

Posición Final y Valor de Mcdo 2016 Colombia

Así, Nacional cumplió el semestre anterior con su favoritismo. Como Junior, Medellín y en menor medida Santa Fe (aunque en este caso, el título de la Sudamericana opaca cualquier desliz que pudiesen haber tenido en el torneo doméstico). Equipos como Tolima, Caldas y Cali superaron sus expectativas aunque los verdes, que venían de ganar en el primer semestre, sin duda esperaban llegar más lejos.  La nota más baja en cuanto a rendimiento el semestre pasado fue para Millonarios.

Tras el fracaso, el equipo azul renovó la práctica totalidad de su plantilla. Es difícil que tenga otro semestre como el segundo del 2015. La plantilla del Nacional es un 85% más valiosa que la Millos (siempre según transfermarket ), pero es muy similar a la de rivales como Medellín, Santa Fe o Junior. Además por primera vez en años, la plantilla entera hizo la pretemporada completa. Enfocado exclusivamente en el torneo doméstico, será equipo a tener en cuenta.

El otro equipo de Bogotá, Santa Fe, llega como campeón continental pero con la incógnita de si la hora de Omar Pérez ha llegado definitivamente. Si bien es de lejos el extranjero más exitoso que ha vestido la camiseta cardenal en décadas, también es cierto que los partidos decisivos de la Copa Sudamericana se ganaron sin apenas su participación. Del manejo que dé Pelusso a la situación puede depender la tranquilidad de plantel que también enfrenta este semestre la Copa Libertadores.

Los ricos son favoritos. Pero en Colombia, con torneo corto, siempre un pobre sobresale. Así que la frase de cajón termina siendo cierta: cualquiera puede ganar.

La decadencia del club grande


El F.C. Pro Vercelli, representante de un pequeño pueblo de 60.000 habitantes ubicado en el Piamonte italiano -casi equidistante entre Milán y Turín-, navega hoy en la mitad de la tabla en la Serie B. Allí aún recuerdan que hasta 1935 Pro Vercelli fue un fijo de la Serie A, llegando a ganar 7 títulos nacionales entre 1908 y 1922.

El Vercelli fue uno de los primeros equipos en desarrollar el concepto de cantera siendo su jugador más reconocido Silvio Piola, Campeón del Mundo con Italia en 1938, en cuya final marcó 2 de los 4 goles italianos. Su prestigio fue tal que en 1914 realizó una gira por Brasil donde con un equipo plagado de jugadores salidos de las divisiones inferiores, jugó 9 partidos, ganando 1, empatando 4 y perdiendo 4.

La decadencia del equipo comenzó en los años 20 cuando los  equipos de Turín, Milán y Roma tenían ya la fuerza económica para reclutar a sus jóvenes estrellas. Aun así, Piola logró jugar cinco años en Pro Vercelli hasta que la Lazio se lo llevó por una cifra récord. Tras su marcha, el equipo no aguantó más la presión de los grandes y descendió para no volver nunca a pisar la élite del fútbol italiano. El declive tocó fondo en el siglo XXI cuando el Pro Vercelli desapareció. El equipo que hoy juega la Serie B es apenas el heredero de un histórico del fútbol italiano.

El caso del Pro Vercelli demostró que ningún equipo puede, en el largo plazo, escapar a las realidades del mercado. Aun siendo una institución modélica, con una fuerte base de hinchas leales en el pueblo, el descenso a categorías menores no era más que cuestión de tiempo.

El tamaño del mercado lo dictó durante años el tamaño de la ciudad. De ahí que los grandes equipos italianos se afianzaran en Milán, Turín y Roma. El proceso fue similar en el resto del mundo, fuese España, Inglaterra, Argentina, Uruguay o Colombia.

El mundo evoluciona, y hoy el mercado local ya no es exclusivo para el equipo local. Se pasó de equipos que apenas interesaban más allá del barrio, a los gigantes que buscan copar el mercado global. Así, Manchester United, Real Madrid, Barcelona o Bayern Múnich cuidan tanto a sus seguidores en Asia como a los que van al estadio.

En Colombia, las tres aficiones más grandes fueron por décadas las de América, Nacional y Millonarios, en el orden que se prefiera. El equipo de Cali se hundió en la B, donde sigue pagando por los pecados que lo llevaron a la gloria. Nacional montó una estructura empresarial que lo hace quizás el equipo más saludable del torneo colombiano. Millonarios, siempre mayoritario en Bogotá, paga la sequía de títulos y los triunfos de Santa Fe: el azul ya no predomina en los niños de Bogotá.

Mientras Nacional y Santa Fe saludan hoy desde Medellín o Bogotá y mañana desde cualquier lugar del mundo, Millonarios y América año tras año arman un combinado nuevo, con escasa cohesión, pero que prometen luchará “por ser campeón”. La historia, que lo pregunten en Vercelli, no gana. Sin una organización adecuada, aún con el mercado al alcance de la mano, la victoria no será más que pasajera.

A estas alturas, la ilusión del hincha sería mayor con la presentación de un proyecto deportivo estructurado que con los jugadores que cada año los “harán campeones”.

La Filosofía del Fútbol de Millonarios


 

Hace apenas 3 años, aquel ya lejano diciembre de 2012, Millonarios lograba su estrella 14. El futuro era prometedor. Atrás quedaba el saqueo que había terminado de hundir a la institución azul. A cambio florecía un equipo que con retoques y un proyecto adecuado debía alcanzar la gloria.

Ante futuro tan esperanzador la hinchada azul respondió. La llegada de Richard Páez a mediados de 2010 impulsó las asistencias en finales (promedios por encima de los 30.000), aun cuando los hinchas no colmaban igual las tribunas en la temporada regular (promedios de 11,000). Incluso en 2012, ya con Hernán Torres, el número de espectadores apenas alcanzaba los 12,000. Todo cambió con la estrella 14. Durante la temporada regular de los dos semestres de 2013, el azul de Bogotá promedió más de 20,000 aficionados por partido. Era la cifra mágica que había pedido el entonces presidente Felipe Gaitán para garantizar un equipo ganador. La ilusión era desbordante.

Llegó Lillo en 2014, con métodos novedosos que no convencieron. Lo echaron antes de cumplir el año al frente del equipo. El proyecto y la ilusión se frenaron en seco. De 20,000 espectadores por partido en el primer semestre de 2014, se pasó a pírricos 8,600 en el segundo semestre.

La llegada del inexperto Ricardo Lunari impulsó la asistencia en El Campín: en el primer semestre de 2015, durante la temporada regular, se rozaron los 20.000 hinchas por partido. Pero la llegada de Lunari no fue más que un espejismo de una hinchada huérfana de victorias que ante la falta de cracks en el equipo idolatraba a un aceptable ex jugador que apenas había vestido de azul durante 6 meses. La realidad se destapó en el segundo semestre de 2015. Lunari no podía, no sabía, y además tenía poco equipo.

Los ahorros del título de 2012 se esfumaron. No hubo gloria y por el contrario el corazón del hincha se llenó de tristeza y desencanto. La ilusión ya no existe. Con apenas 13,000 espectadores por partido, Millonarios es el quinto equipo de mayor asistencia en el torneo. El capital más preciado, el apoyo de la hinchada, se deprecia rápidamente.

Millonarios no necesita ídolos de antaño, necesita una estrategia deportiva que permita construir un proyecto que crezca y sea sostenible en el corto, mediano y largo plazo. La esperanza se cifra en el trabajo de Peluffo, nuevo director deportivo, quien con escaso sentido de pertenencia a la institución, va a “diseñar la filosofía de fútbol”. La frase suena demasiado elegante para lo que uno intuye que en la práctica va a suceder. ¿El presidente Camacho entiende de “filosofías” en el fútbol como para interpretar las opciones que le ofrezca Peluffo (si es que acaso lo hace)?

Habrá hinchas optimistas, pero ilusión, ilusión no hay.

Los 20 equipos del FPC: Un diagnóstico equivocado


El 7 de octubre del 2014 la Dimayor, ente rector del Fútbol Profesional Colombiano (FPC), decidió ampliar la primera división de 18 a 20 equipos. La justificación oficial de tal decisión es que había que buscar una “repontencialización de las competencias. Era importante en un momento coyuntural darle un oxigenación a la Liga buscando mejores réditos y mejores resultados en asistencias de taquilla, en temas de televisión y sobre todo en temas de sponsorización”. Los ocho equipos ‘clase A’ de la B de Colombia jugarán dos cuadrangulares para elegir a los 2 beneficiados.



La medida se tomó en los medios y las redes sociales como un acto desesperado para ascender al América, inmerso hace ya años en una infructuosa lucha por ascender a la primera división. El América es, junto a Nacional y Millonarios, el equipo con más hinchada en Colombia. Sus aficionados viajan por todo el país, particularmente desde Cali y Bogotá, alegrando estadios por doquier. La presencia del América en la A es, por tanto, importante pues, como se mostró en Números Redondos, las asistencias en Colombia, particularmente por el surgimiento de equipos sin ninguna tradición, son absolutamente pírricas desde todo punto de vista.

La decisión, por tanto, parece tener sentido. Hay que ascender al América y los estadios se llenarán. Los equipos sin afición juegan frente a público sólo cuando enfrentan a equipos como Millonarios, Nacional, Santa Fe y, en menor medida, Cali, Junior o Medellín.  Así que tener una taquilla extra no les vendrá mal.

Pero la evidencia mundial sugiere que, en realidad, el números de espectadores en un estadio no depende del número de equipos en la liga. La siguiente gráfica toma una muestra de las asistencias de varias ligas del mundo durante la temporada que va del segundo semestre de 2013 al primero del 2014 y las compara con el número de equipo en la primera división de cada país. Aunque son varias las ligas que tienen playoff o algún sistema de eliminatorias para seleccionar al campeón, en la gráfica sólo se incorporan los datos de la temporada regular. Esta elección es debido a que los problemas de asistencia son principalmente en la temporada regular. En Colombia, aún los equipos sin afición reciben más afición en los playoff en la medida que enfrenten equipos más tradicionales.

Asistencia y Número de Equipos

La gráfica revela que la correlación entre el número de equipos y las asistencias promedio por partido es, esencialmente, inexistente. Las ligas con asistencias por encima del promedio de la muestra son las cinco grandes de Europa, México y Holanda. El caso mexicano ya lo discutimos en Números Redondos. En esencia es la liga latinoamericana con mayor fortaleza económica. Si bien no logra competir con las europeas, si logra retener en América Latina algunas estrellas del fútbol regional. Holanda, que dispone de excelentes estadios, tiene 3 equipos con gran cantidad de seguidores: Ajax, PSV y Feyernoord, pero también Heerenveen, Twente y Groningen, Utrecht y Vitesse tienen excelentes promedio de asistencia.

Colombia, en términos de asistencia, no destaca en absoluto. Ni por mucho, ni por poco. No hay razones evidentes para creer que con 20 equipos (aunque esté el América), el FPC va a situarse por encima de la línea roja en la gráfica.

La asistencia no fue la única explicación que se dio para aumentar de 18 a 20 equipos. También se justificó la medida por la parte comercial. Por supuesto, con el América en la A, la audiencia de televisión va a subir, y lograran vender en unos pesos más el fútbol profesional colombiano.

En Inglaterra, lo escribimos hace unas semanas, cuando las asistencias se resintieron hicieron un diagnóstico diferente. El problema radicaba en la baja calidad del espectáculo, los malos estadios y la violencia alrededor del fútbol. Si bien en Colombia la violencia en los estadios ha descendido, la violencia en torno al fútbol sigue siendo un problema demasiado frecuente. Los estadios, aún aquellos remodelados para el reciente Mundial Sub 20 de 2011, son obsoletos, incómodos y poco amigables con el espectador.

Pero, sobretodo, el espectáculo es deplorable. Ver un partido promedio del fútbol colombiano puede ser un verdadero suplicio para el aficionado desprevenido. Shankly, el legendario manager del Liverpool en los 60s y 70s, lo tenía ya en esa época muy claro: “el objetivo primordial es que el jugador controle el balón y haga lo básico: control y pase, control y pase“. Los futbolistas colombianos que están capacitados para hacer lo primordial, o están en el exterior, o están concentrados en, siendo muy generosos, 5 o 6 equipos.

El problema esencial de la asistencia de hinchas al estadio radica en la falta de espectáculo. Por ello no se entiende que la plata del patrocinador decida repartirse entre 20 equipos, en lugar de en 18 (o incluso menos) equipos. El número ideal es quizás 16. Darle plata a los equipos para que logren mantener las figuras, al menos mientras son jóvenes, lograría que los equipos que participan en torneos internacionales puedan, sistemáticamente, destacar. Alguien debe preguntarse por qué Falcao, James, o Quintero apenas si jugaron en el torneo colombiano. El caso de Juan Fernando Quintero, que se fue directo a Italia, quizás sea razonable (así haya sido a un equipo muy secundario). Pero Falcao y James debieron irse a Argentina a triunfar. Los equipos colombianos no logran armar combinados competitivos, ni siquiera a nivel regional. Los triunfos de equipos colombianos en los torneos continentales son, literalmente, triunfos de todo el fútbol colombiano. Pero dispersando el escaso dinero entre muchos simplemente contribuye a igualar por lo bajo el torneo doméstico. Al final, el castigado es el espectáculo. Las asistencias caerán y seguirán pensando que el problema es incrementar el número de equipos.

Una preocupación final …. ¿y si no sube el América? ¿se ampliará la liga a 22, 24, 26, 28 … hasta que ascienda?

 

Millos, Boca … ¿para qué echar al entrenador?


Alfredo Davicce, presidente de River Plate entre 1989 y 1997 afirmó con cierto dejo de sabiduría en alguna ocasión que  “como presidente tengo la obligación de respaldar al entrenador hasta cinco minutos antes de echarlo”. Los entrenadores siempre deben estar con la maleta empacada. Ellos lo saben.

Howard Wilkinson, a la fecha el último entrenador inglés que logró campeonar en Inglaterra, afirmó, como si hubiese conocido a Davicce, que “hay dos tipos de entrenadores: los que acaban de ser despedidos y los que están a punto de serlo” . Ellos, como dijo Lillo, cuya aventura en Millonarios terminó abruptamente, no tienen derecho a dudar.

A los entrenadores, nos dicen un par de investigadores europeos (en artículo recientemente publicado en el Journal of Sports Economics), los echan por los malos resultados . Suena casi tautológico, pero en realidad hay algunas conclusiones muy interesantes en este trabajo.

El estudio se basa en 1.213 despedidos forzados de entrenadores principales en las cuatro principales divisiones del fútbol inglés entre las temporadas 1949-50 y 2007-08. Exploran las razones de corto y largo plazo que puede explicar el despido de un entrenador. Revisando los resultados de las dos semanas previas encuentran que un mal desempeño aumenta la probabilidad de ser despido. Lo mismo sucede evaluando razones de largo plazo. Esto último lo miden revisando las posiciones que sube o cae el equipo desde que el entrenador está a cargo. A medida que cae posiciones, su probabilidad de ser despedido aumenta.

Lo anterior poca información da al aficionado al fútbol Eso, en esencia, es lo que todos lo hinchas ya sabemos. Lo que no sabíamos, al menos para el fútbol inglés, es que por cada año adicional que tenga un entrenador, su probabilidad de ser despedido aumenta en 0.39 puntos porcentuales. Tampoco sabíamos, pero quizás si intuíamos, que un entrenador de la cuarta división tiene 5.5 puntos porcentuales más de ser despedido que un entrenador de la primera división. Esto de alguna manera sugiere que a medida que un equipo gana seriedad institucional, menos movimiento tendrá del entrenador.

La experiencia del entrenador, medida como el número de años que ha entrenado en equipos ingleses parece relacionarse negativamente con la probabilidad de ser despedido. El resultado sin embargo no es concluyente, quizás porque el indicador sólo captura la experiencia obtenida en la liga inglesa, no la que pudiese haber tenido en otros lugares del mundo. Quizás, entre los años cincuenta y ochentas esta manera de medir experiencia es apropiada, pero desde luego no lo parece los últimos 15 a 20 años.

Otro resultado interesante es que el entrenador que fue jugador internacional con su selección tiene un mayor riesgo de ser despedido que aquel que no fue jugador internacional. Es decir, poner una cara famosa llena prensa el día de la presentación, pero no da al entrenador más seguridad laboral. En cambio, es más difícil echar a aquel que fue jugador del equipo que entrena. Un hombre de la casa tiende a ser menos probable que lo despidan.

Pero el resultado más interesante es aquel en el que encuentran que es mucho más fácil despedir a un entrenador en la actualidad que hace 10, 20 ó 40 años. Un entrenador en 2005, con igual desempeño, edad y experiencia que un entrenador en 1950, tenía mayor probabilidad de ser despedido. Es decir, con el tiempo, los nervios se han acrecentado. Quizás, como dicen los autores del estudio, por la competencia en la liga, o quizás, por la presión mediática que hoy día es muy superior a la de décadas anteriores.

Los nervios son notorios. Un entrenador en Inglaterra, durante el período considerado por los autores, dura en el cargo apenas 62.2 semanas, poco más de una temporada y media. En Colombia, mostré en los Números Redondos, un entrenador dura apenas 1,8 semestres, es decir de enero a más o menos la tercera semana de octubre. Los nervios, la impaciencia parece universal.

Pero, ¿para qué echar al entrenador? Millonarios, uno de los históricos de Colombia, despidió a Lillo tras fracasar en la Copa Suramericana, la Copa Postobon y ser incapaz de sostener al equipo en el grupo de los ocho mejores que disputarán el título de liga. Boca, hizo lo mismo con Bianchi, el hombre que los llevó a la gloria. Pero tras hacer 3 puntos de 12 posibles, y llegando de campañas muy pobres, el otrora Virrey, debió abandonar la dirección del histórico equipo del Barrio de La Boca.

Tras el despido, el amanecer de Millos y Boca fue diferente. Mientras el equipo argentino ganó a Vélez, Millonarios con una nómina raquítica, siguió perdiendo, esta vez frente al Atlético Huila.

¿Existe evidencia que sugiera que es bueno echar al entrenador en plena disputa por el título? No conozco un ejercicio para Argentina o Colombia pero, utilizando datos desde las temporadas 1972-73 a 1999-2000, si hay un estudio con datos para la liga inglesa. Los autores de ese estudio encuentran que si se despide a un entrenador mientras la temporada está en curso, los resultados empeoran durante los dos primeros partidos, no se empeora en los siguientes 3 a 10 partidos, pero se vuelve a empeorar entre el partido 11 y 16. En otras palabras. Se tarda unos 16 partidos (alrededor de 3 meses), en lograr que el nuevo entrenador logre estabilizar el equipo. Es decir, en promedio, cambiar de entrenador en la mitad de la temporada parece mala idea.

Estos, por supuesto, son resultados promedios. El presidente o propietario del equipo cambia de entrenador con frecuencia en la mitad del torneo porque considera que se puede salir del promedio. Alguno, sin duda, lo logrará. Pero “alguno”, son pocos. La mayoría sigue la tendencia (que por ello es tendencia) y terminará perjudicando el desempeño del equipo. Es un problema mediático. En realidad, echar a un entrenador en la mitad de la campaña, más que ser indicativo de la decisión del presidente o propietario de turno de ajustar el equipo, es la revelación implícita de que la tarea se hizo mal antes de comenzar la temporada. O no se trajeron los jugadores requeridos, o el entrenador no podía con ellos (deportiva o administrativamente).

En el caso de Millonarios, la respuesta parece sencilla. La base sigue siendo el equipo que ganó la estrella 14. Una estrella que se ganó con justicia, pero que se consiguió con las uñas. Aquel logro debió entenderse como un primer paso para renovar el plantel poco a poco, con tranquilidad pero con firmeza. Pero entusiasmados en los grandes nombres para la delantera, nunca se pudo renovar el arco, la defensa o el medio campo. La renovación, triste para los hinchas azules, llegará a las patadas. Porque toca. Echaron a Lillo. Pero no se imagina uno como Guardiola o Mourinho lograrían levantar un equipo futbolísticamente tan pobre. Y es “difícil” que llegue Guardiola o Mourinho.

 

 

El curioso caso del Millos de Lillo


No muchos recuerdan que en las elecciones a la presidencia del Barça del 2003, el candidato Bassat tenía como director deportivo de su proyecto a Guardiola.  Cuenta la biografía de Pep Guardiola que éste planeaba formar un equipo con jugadores como Harry Kewell del Liverpool, Emerson de la Roma y el colombiano Iván Ramiro Córdoba, del Inter de Milan. El entrenador predilecto de Pep era Ronald Koeman, entonces en el Ajax. La alternativa, si no era posible sonsacar al holandés de Ámsterdam, era Juan Manuel Lillo. 



Infortunadamente para Iván Ramiro, y para Lillo, Laporta ganó las elecciones. Guardiola se fue a jugar a Catar y luego, en 2005, fichó por los Dorados de Sinaloa, equipo mexicano. Allí, nos recuerda la biografía agradablemente escrita por Balagué, fue entrenado por Lillo con quien “aprendió un nuevo concepto de fútbol”.

En México, Lillo y Guardiola fueron mucho más que entrenador y jugador, más que jefe y empleado. Hablaban de fútbol “tras la cena, con una copa de vino, Pep y Lillo podían estar hasta el amanecer discutiendo sobre lo que se había hecho ese día”. Salvo con Cruyff, dice la historia del gran Pep, nunca habló tanto de fútbol con nadie como con Lillo. Pep, dice Balagué, “cree que Lillo es uno de los técnicos mejor preparados del mundo y un líder en su especialidad, con una clara visión de la profesión, con una extraordinaria capacidad para explicarla”. Pero, como sabemos todos, “la élite del fútbol no ha sido especialmente generosa con él al no reconocer su talento”.

Los críticos de Lillo, por el contrario, lo acusan de exagerar con el verbo y de haber descendido a demasiados equipos. Lillo argumenta que nunca descendió y, en estricto rigor es cierto pues nunca estuvo en el barco al momento de hundirse. Pero también es cierto que nunca tuvo la oportunidad de dirigir un equipo grande, con solera y con historia. Nunca hasta que llegó a Colombia. Millonarios, al menos a nivel local, es un equipo importante, muchos hinchas, mucha prensa, mucho ruido. Lillo, quizás, está ante su última oportunidad de que la “élite del fútbol” le reconozca su talento.

Es en este contexto que llega Lillo a Millonarios. Un entrenador recomendado por uno de los mejores, sino el mejor del mundo, y un equipo que quiere dar un vuelco a su estructura deportiva. Pero en el fútbol no hay varitas mágicas. Así que transcurrido la mitad del torneo, Millonarios bordea la mitad de tabla con una curiosa particularidad: gana a los mejores del torneo pero pierde o es incapaz de batir a aquellos que a priori son inferiores. Así derrotó a Nacional (el campeón doméstico en Colombia de todo en 2013) y dos veces a Santa Fe (proclamado a primero de marzo de 2014 el octavo mejor equipo del mundo por la IFFHS).  

Recordando los conceptos que charló con Guardiola, Lillo intenta implementar un esquema similar al que tanto éxito le ha dado al catalán. Por supuesto los insumos no son los mismos, pero tampoco los rivales. Así que guardando las debidas proporciones, los partidos donde Millos se embotella recuerdan la incapacidad del gran Barça de Guardiola  de romper las murallas defensivas del Inter o del Chelsea en pasadas ediciones de la Champions League.  Los números corroboran lo visto en el campo. Pero también ayudan a explicar lo sucedido.

Cabe anotar primero lo obvio. La transición del éxito al fracaso se debe en buena parte al poco ortodoxo sistema de rotaciones que ha impuesto Lillo. Cambia a más de medio equipo de un partido a otro. Alguna razón tendrá. Sin embargo, los profanos en el tema poco lo entendemos.

Comparemos los partidos victoriosos de Millonarios con aquellos donde el fútbol ha escaseado. Es decir, vamos a revisar el desempeño de los jugadores en los partidos que ganó frente a Envigado de visitante, y frente a Nacional, y Santa Fe (2 veces) con los demás partidos donde el resultado ha sido derrota o agónico empate.  Utilizando datos de Opta, se observa que cuando Millos gana, la posesión del balón ha sido del 49,4%. Sensiblemente inferior al 63,6% de posesión cuando pierde. Es decir, esos decepcionantes partidos frente a Huila y Equidad por ejemplo, son paseos del balón de lado a lado con escaso resultado. Los datos reflejan un equipo echado atrás, y uno con balón, mirando al meta rival, pero con poca capacidad de atacar efectivamente el arco.

Además, a lo largo del partido, mientras el azul se descompone, el rival se compone. Así, la posesión en el primer tiempo en los partidos exitosos es de 53,2%, cifra inferior, pero no demasiado, a la de los demás partidos: 60%. A medida que Millos ataca sin poder romper el arco rival, la situación se pone extrema: la posesión en el segundo tiempo es del 46% en los partidos exitosos y, ojo al dato, 68,4% en los demás partidos. Millos, en los partidos que ganó, marcó 1.5 goles en el primer tiempo. La cifra es de apenas 0.4 en los demás. El desconcierto y nerviosismo, se propagan de tal manera que de centrar 14 veces por partido cuando gana, centra en promedio 24 veces cuando no gana.

Todo esto sin, curiosamente, perder mucha precisión. La siguiente tabla compara diferentes indicadores del desempeño de Millonarios entre los partidos que ganó y los que no ganó.

Millos de Lillo

Las diferencias observables son de lo más curiosas aunque en armonía con lo ya anotado. En los partidos que no gana, Millos se dedica a tocar el balón (35,8 pases por jugador por partido vs. 25,8), pero pareciera hacerlo en zona segura pues la precisión también sube (30,4 pases acertados por jugador por partido vs. 20,8).  La defensa del contrario, generalmente cerca a su área implica que los pases en campo contrario suben (19,06 pases por jugador por partido vs. 12,2) y el porcentaje de acierto en campo contrario se incrementa (76,4% vs. 65,5%). Pero el desespero lleva que, aunque el número de disparos por jugador por partido es similar, los disparos desviados aumenten (0,56 vs. 0,26). Es decir, la productividad frente al arco disminuye notablemente.

El desempeño de Millos depende, por tanto, mucho de la actitud del rival. Es algo que se intuía sin necesidad de revisar los datos. Un equipo cerrado atrás termina por volverse un obstáculo infranqueable para el equipo de Lillo.

Claro que, como ya anotamos, la gran diferencia está en que la calidad del equipo titular es superior a la del equipo suplente. Consideremos el equipo titular, aquellos que han jugado más minutos en las primeras nueves jornadas del campeonato. Comparativamente las diferencias saltan a la vista:

Titulares y Suplentes Millos de Lillo

El indicador elegido es el mismo que se utilizó para evaluar “el susto de jugar de visitante” en la Liga Inglesa: pases acertados por pase errado. Scholes, recordemos, acertaba 11 pases por cada uno que erraba. En Millonarios sólo un jugador, quien además es del equipo suplente supera es valor: Jefferson Herrera. Claro que a diferencia de Scholes, Herrera apenas jugó 146 minutos, poco más de partido y medio.

El líder en este rubro del equipo titular es Omar Vásquez. Eso explicaría en parte la predilección que Lillo ha mostrado por este jugador. Elkin Blanco del equipo de ‘suplentes’ y Rafael Robayo del equipo ‘titular’ disputan honores pues ambos superan ligeramente los 7 pases acertados por cada pase errado. A partir de ahí la superioridad del equipo ‘titular’ se manifiesta cada vez con mayor claridad. Mayer Candelo, el motor del equipo, acierta 4,8 pases por cada pase errado. El bajo valor de Dayro, 3,48, no debe sorprender. En el caso de la liga inglesa, Didier Drogba estaba también entre los menos acertados. El objetivo es marcar goles, ese es su indicador de desempeño.

Lo apuntaba arriba. Los profanos no entendemos la lógica de Lillo de jugar con un equipo B determinados partidos. No sólo los resultados le quitan la razón. La evidencia estadística sugiere que su calidad, efectivamente, es inferior. Si el objetivo era amoldar el equipo, hacer amigos, crear camaradería, quizás el objetivo esté cumplido. Pero si el objetivo es clasificar a las finales, quizás haya que sacrificar algo de camaradería.

Millonarios en los últimos años ha tenido el mérito de mirar más allá de lo obvio en el proceso de reclutamiento de nuevos entrenadores. Trajo a Páez, a Osorio y ahora a Lillo. Páez era un entrenador reconocido en el área latinoamericana, pero Osorio fue una sorpresa total. Hoy disfrutan de sus éxitos los hinchas del Atlético Nacional. A Lillo hay que darle tiempo y, seguramente se le dará. Pero quizás ayudaría que ilustrase mejor a los nativos colombianos cuál es el objetivo de tan curiosas rotaciones.